Bienvenidos al Paraíso

Despiertas un día en la orilla de una playa.

Estás tumbado sobre la arena y la mar, en calma, acaricia con un suave vaivén tu cuerpo. Unas veces te empuja, como una madre temerosa que suelta las manos de su bebé para que camine por vez primera, y otras te atrae hacia ella, como queriendo evitar esa despedida, tan necesaria, para que vuelvas al lugar donde siempre has pertenecido.

Te pones de pie. 

Estás desnudo y solo. 

Como cuando naces, como cuando mueres. 

El tibio sol del amanecer comienza a calentar tu cuerpo y lo agradeces. Intentas despegar de tu piel los restos de la arena, pegajosa y húmeda, que se te adhiere con insistencia, diminutos testigos de una mar que ya te echa de menos.

Caminas, en una dirección errática, pero siempre paralelo al romper de esas lastimeras olas que te salpican, como lágrimas. No te atreves, de momento, a enfrentarte a descubrir lo que esa frondosidad verde esconde al otro lado, donde finaliza bruscamente la arena.

Dejas a tu paso las primeras huellas, restos indelebles hasta la primera marea, como la huella de cualquier criatura en este mundo donde nada es eterno.

Ves a lo lejos algo que se mueve hacia tu dirección justo en la misma línea fronteriza por la que transitas, donde la arena húmeda da firmeza a tu caminar, y te vas acercando, acelerando el paso apremiado por la curiosidad.

Y conforme te aproximas vas descubriendo que es un cuerpo como el tuyo, pero no exactamente como el tuyo. Notas que también te está mirando mientras te acercas. A un metro escaso te detienes y os contempláis el uno al otro con la naturalidad propia de la inocencia.

Ella sonríe y tú contemplas la primera sonrisa del universo. Te das cuenta de su belleza, y con ella, descubres que tu entorno también es bello, que ya lo era antes de encontrarla, pero te parece todo totalmente distinto, aunque nada haya cambiado.

Y su aroma penetró en tu cerebro y se instaló allí para siempre. Nunca olvidarás su olor, lo sabes, aunque mil mares se enrabieten y rompan su furia contra la costa inundando el aire de salitre. Tu conciencia y tu subconsciente comprendieron la necesidad y la perfección de la diversidad del género y del sexo. Todo es natural, simple y hermoso.

Ella tendió su mano y cogió la tuya. Sentiste la calidez de su piel como una sensación nueva y a la vez tan familiar, como si fuera lo que tu piel necesitara y no lo supieras hasta ese preciso instante. Como el regreso a un hogar que nunca existió. La mar lanzó un rugido contenido, un poco por celos y otro por una mezcla de alegría y tristeza al ver cómo te alejabas definitivamente de ella.

Los dos juntos atravesáis la arena de la playa y penetráis la espesura de la selva, donde vuestro instinto os dirige. Hacia un paraíso sin reglas, sin prohibiciones estúpidas, sin condiciones, donde no hace falta ni ángeles ni demonios para explicar la naturalidad y la simpleza de la vida. Siempre habrá tiempo para que cada uno se cree los propios, pero no ahora, no es el momento.

Pero sin embargo tú, sin quererlo, encuentras una duda que te corroe por dentro. No puedes quitarte de la cabeza qué hubiese pasado si en lugar de comenzar a caminar en la dirección que tomaste hubieses elegido la otra o hubieras decidido introducirte a explorar la selva tú solo. Posiblemente no la hubieses encontrado a ella, tal vez nunca hubieseis coincidido. 

Por primera vez una sospecha y una inquietud incontrolable te produce tal escalofrío que recorre por completo tu columna vertebral. ¿Y si el destino no dependiese de tus decisiones? ¿Y si tus propias decisiones son inducidas por algo desconocido que hace que llegues a ese fin que ya estaba dispuesto para ti?

Ella notó algo de tu rigidez y apretó tu mano con un poco más de intensidad intentando transmitirte tranquilidad. 

Tú la miras, ella sonríe y toda preocupación se borra de tu mente. 

¿Quién puede resistirse ante la primera sonrisa del universo?

Francisco J. Berenguer

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