INRI

Cada uno elige su cruz.

Cada uno carga con sus culpas y su calvario.

Cada uno señala a sus traidores y les asigna su precio.

Cada uno acepta su destino…

Madera, hierro, sangre y… ¡Joder! ¡cómo duele!

Me ha faltado poner lágrimas, pero de las de la cebolla, de la cebolla que estaba cortando antes de rebanar mi dedo. Bueno, las lágrimas son mías, claro y… ¡Dios! ¡cómo me escuecen los ojos! Y ahora el dedo ¡vaya tajo!

Es que yo no sé cómo lo hace ella (ella es mi novia, aclaro) Si estás llorando cuando cortas una cebolla, cómo coño vas a atinar bien con el cuchillo. Por cierto, ella, Natalia, mi novia, está a punto de llegar. 

¿Y qué hago? La tabla de madera llena de sangre, goterones por toda la cocina, yo con un paño intentando parar la hemorragia de mi dedo, que no quiero ni destaparlo porque me da miedo ver el alcance de la herida. Y sigo viendo como si hubiera niebla en la cocina… ¡Hostias! Que no es niebla, que es humo… el aceite que había puesto a calentar para sofreír la cebolla se está quemando. 

Alguien grita en la calle, es una mujer. Retiro la sartén del fuego y la pongo en el fregadero. No abro el grifo, no sufráis, que ya sé que eso no se debe hacer, que lo he visto en alguna película, no se debe echar agua al aceite hirviendo. 

La que sí parece que sufre es la mujer de la calle, está cantando una saeta. Una procesión está pasando por bajo de casa. Salgo al balcón, lo abro de par en par, así se ventila la casa y se va disipando el humo y el olor a quemado.

Me asomo y veo cómo se acerca Jesús, clavado en la cruz, con la sangre chorreando a lo largo de su cuerpo. Como mi mano, el paño empapado de rojo y goteando en el blanco suelo del balcón. La señora de enfrente es la que canta en su ventana adornada con geranios. El paso se detiene y ella pone más énfasis y sentimiento en su canto. Una voz preciosa y desgarradora que me produciría ganas de llorar si no lo estuviera haciendo ya. 

Y así estamos: la mujer de enfrente cantando su saeta, el paso con la figura de Jesús crucificado parado en medio de la calle y yo a este lado tiñendo de rojo las baldosas de mi balcón. 

Y entonces se me ocurre una cosa. No quiero ser irreverente ni nada de eso, la verdad es que es una tontería. Pero creo que los cristianos hemos tenido suerte de que a Jesús lo crucificaran, porque imaginad por un momento que lo hubiesen condenado a la horca. En lugar de crucecitas de madera o de oro, llevaríamos de colgante la figura de una horca, con su soga y todo… ¿y en las iglesias…? Un gran cadalso de madera encima del altar con el pobre Jesús colgado, con el cuello roto y la lengua fuera… qué desagradable ¿no?

Entonces, como en un sueño o como en una película de Buñuel, la cabeza tallada de Jesús se vuelve hacia mí, me guiña un ojo y me dice: ¡Anda, que ya te vale! Y me lo repite varias veces, y conforme me lo va repitiendo la voz se parece más a la de mi novia. Me giro y está ella a mi lado, se conoce que acaba de llegar y no me había dado cuenta de que estaba allí conmigo. Me vuelvo a girar y la cabeza de Jesús vuelve a estar inclinada, en su posición inicial. El paso comienza de nuevo a moverse calle abajo.  

Me pregunta si estoy bien, que parecía que estaba como en trance. Yo le levanto la mano enfundada con el paño ensangrentado para que lo viera. No le cuento nada de lo que me había parecido ver unos segundos antes, por supuesto. La verdad es que sí que estoy un poco mareado, o traspuesto… o atontado. Natalia se asusta y me va retirando con cuidado el trapo para ver la herida, yo no quiero ni mirar, aunque ya hacía rato que había dejado de dolerme.

—Pero si no es nada —dice con cara de alivio— apenas es un cortecito que, además, parece que está ya casi cerrado. La sangre es muy escandalosa, tranquilo, vamos a limpiarte.

Yo lo miro y veo que tiene razón. La acompaño al baño y me ayuda a enjuagarme las manos, pero en mi cabeza me ronda algo que no le digo, algo que va cobrando fuerza y sentido en mi mente, aunque en realidad no tenga ninguna explicación lógica. 

Ha sido un milagro, lo sé, uno pequeñito sí, pero importante para mí. Estoy convencido de ello, porque el corte que me hice era mucho más grave y profundo de como se ve ahora. Gracias, tío. 

—¿Pedimos pizzas?

—Será lo mejor.

Francisco J. Berenguer

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